Hello again! ¡Hola de nuevo a todos mis amigos y familia!
Perdonen por favor mi escritura deficiente, al parecer vivir en un país no-hispano
hablante en vez de mejorar mi fluidez con el idioma inglés, no ha hecho más que
estropear mi más básico castellano.
Como habrán notado, hace considerable tiempo que no escribo
por este medio. ¿La razón? Quizá muchos, o todos estén al tanto de que comencé
este viaje con un objetivo muy claro, al cual una vez que llegué simplemente
quedé impedida de hablar del tema. Por el momento puedo dar detalles vagos: sí,
lo logré; sí, ¡fue increíble! Pero nada más hasta dentro de dos o tres años (benditas
tres películas). En fin, el tema quedará abierto y quizá de tanto en tanto
pueda mostrar una noticia o una foto de producción en la que casualmente
aparezca (¡ojalá!).
¿Por qué se me ocurre escribir ahora entonces? Buena
pregunta… Sí, no tengo la respuesta. A lo largo de este año casi, (el
aniversario de mi partida es el próximo 24 de noviembre), he vivido
innumerables cosas, conocido todo tipo de personas y cambiado de casa, suelo,
cama, estilo de vida demasiadas veces. Teóricamente esto nos hace más sabios,
cosa que yo no estoy muy segura, pero ustedes son libres de juzgarlo a través
de estas letras. Quizá algo de lo que yo diga pueda ayudarlos a entender
ciertos puntos de su vida, o de las personas, aunque probablemente los deje más
confundidos que antes, (como es mi caso). En fin, aquí vamos.
Desde que llegamos a este buen país, mi compañero de viaje y
yo nos las hemos visto de todos colores. En un principio, vivíamos con apenas
el mínimo, en desesperada búsqueda por cualquier tipo de trabajo que nos
ayudara a paliar la situación. Esto nos llevó a recorrer bastantes lugares
hasta que por fin alguien se compadeció de nuestras almas, y, después de un mes
de idas y vueltas, nos dio trabajo de limpieza en un hotel. Viajamos con las
últimas monedas que nos quedaban, y tuvimos la suerte de que cuando estábamos por
dormir en la calle porque no podíamos pagar una noche más de hostel, se nos
acreditó el primer sueldo. Por esos días nuestra alimentación se basaba en
arroz o fideos o papas con huevo, en ese orden y alternativamente uno por día.
Con cinco dólares comíamos los dos todo el día, (no, los precios no son más
bajos aquí, más bien más altos).
Con el tiempo y trabajando duro fuimos revirtiendo esta
situación. Teníamos dos trabajos, uno a la mañana en el hotel y otro a la tarde-noche
en un restaurante lavando vajilla. En total los días podían hacerse de hasta 14
horas de jornada laboral. Pero no todo era negro. Conocimos muy buenas personas
y amigos, que conservamos hasta el día de hoy. Curiosamente, en estos casos yo
siento que no sólo generamos relaciones con gente de otras culturas con las que
no nos sentíamos cercanos (franceses, alemanes, ingleses, finlandeses), sino
que nos encontramos más que unidos con chicos de nuestro propio país y con
otros latinoamericanos. Cuando vas caminando por la calle en un país que sólo
habla inglés y escuchás alguien hablando en español, es inevitable sentirse identificado.
Cuando en enero de este año recibimos las grandes noticias,
(*eso de lo que no se puede hablar), y nos tuvimos que mudar a Wellington, se
sintió un poco como dejar la casa de uno y la familia atrás nuevamente. No me
malinterpreten, al fin al cabo somos viajeros y de desprenderse se trata. Desprenderse de una valija llena de ropa por ejemplo, y aprender a vivir con lo más básico, porque simplemente no se puede andar cargando tanto.
Nuestra nueva ciudad se presentó bellísima, encantadora y
retorcida como la que más. Wellington es una ciudad en la que todo puede pasar.
Y ciertamente muchas cosas nos pasaron. Desde que tuviéramos que salir huyendo
de una casa donde estábamos alquilando una habitación porque los dueños, (dos
tipos grandotes, extraños y alcohólicos), nos acusaran de desmanes que ellos
mismos provocaran, (y nos provocaran miedo también), hasta que me peleara con
el dueño de un conventillo en el que vivíamos porque no limpiaba los baños, y
que éste atribuyera la suciedad de los mismos a los ¨inmigrantes
latinoamericanos¨.
Desde que llegamos a Wellington, (bueno, quizá un poco desde
que estamos en Nueva Zelanda), el lugar donde vivir siempre se presentaba
conflictivo. De a poco fuimos extendiendo los períodos de estancia, de dos o
tres días a cuatro meses en el último lugar. Sin embargo, no estoy muy segura si
estos cambios forman parte del normal desenvolvimiento de las cosas cuando uno
está viajando, o si en parte puede estar relacionado con que el concepto de
¨hogar¨ ya no existe. Siento que no importa donde me encuentre, nunca estoy a
gusto. Siempre hay un problema: hay que compartir con mucha gente, los vecinos
son molestos/ruidosos, no llega luz, hay mucha humedad, no hay presión de agua
en el baño, el horno no me hace caso, la zona es muy céntrica o muy alejada. Es
decir, yo me pregunto: ¿son esos los verdaderos motivos? Empiezo a pensar que
lo que realmente busco es algo que de por sí, así empaquetado y con un moñito
no viene.
El ¨hogar¨ en definitiva, ¿qué es? Un lugar donde nos
sentimos cómodos, donde siempre podemos volver, donde cada rincón guarda un
recuerdo, donde los olores y sabores son familiares. Bla, bla, bla… Nostalgia,
esa es la palabra. La mezcla de extrañar y no tener a mi familia cerca me hace
dudar mucho a veces. Pero sé que si estuviera allá tampoco sería feliz. Lo que
me lleva a este pensamiento: NO SE PUEDE TENER TODO EN LA VIDA.
Estoy escribiendo esto porque muchos de ustedes pueden
llegar a pensar, equivocadamente, que todo son pan y rosas porque vivo en un
país mejor, (cosa ni remotamente cierta), o porque logré hacer eso que siempre
soñé, (cosa en parte cierta). Para
clarificar el primer punto, les dejo una rodaja de sabiduría de viajero: NINGÚN
PAÍS ES MEJOR QUE OTRO. Y por esto me refiero, ni los yanquis son todos unos
agrandados, ni los argentinos son todos boludos, ni los asiáticos son todos
iguales. Cada país tiene diferencias culturales, de estilo de vida, de prioridades
y demás. Si algo me enseñó mi viaje es primero que los prejuicios no sirven
para nada, y segundo, mi país no es tan cagada como nos gusta pensar. Todos los
países del mundo tienen problemas, y todos los habitantes de los mismos se
quejan de ellos. Aquí la gente se queja de que no cobra lo suficiente y se va a
Australia ¡? Aquí las rutas están bien señalizadas, los servicios públicos
funcionan bastante bien y todo está muy bonito y limpio, pero los impuestos se
llevan 25% de tu sueldo (cuanto más ganás más pagás) sin contar el GST (una
especie de IVA), la educación y la salud es paga (sin nombrar que el sistema de
salud está desbordado y en el hospital no te atienden a menos de que te hayas
amputado una pierna), y otras pequeñas delicias de la vida en monarquía (encima
tienen reina!). También, cada persona que uno conoce tiene la oportunidad de
quejarse un poco de su propio país. Calculo que se trata de la naturaleza
humana.
La vida me encontró con mis dos mejores amigos de aquí, uno
filipino de clase alta con el cual no compartimos casi ningún interés pero al
que quiero como un hermano; y una chilena con la que si nos hubiéramos encontrado
en otra parte de nuestras vidas capaz que ni nos hubiéramos saludado, siendo mi
amiga del alma que se portó como pocos, ayudándonos en los momentos de más
necesidad y compartiendo hasta lo que no tenía con tal de que pudiéramos comer.
Hoy en día nos encontramos en otra situación, bastante más
favorable si es que se puede decir, (matizada por las malas experiencias en la
búsqueda laboral, de las cuales hablaré en otro post). Sin embargo, a veces
todo se siente cuesta arriba.
En conclusión, uno nunca está satisfecho con lo que tiene. Pero
si nos quedáramos quietos y no quisiéramos cambiar nada más, nos iríamos desvaneciendo
de a poquito.